¡No basta que los hombres vayan de uno a otro lado, sin antes devolverle al río su inmenso caudal!

Por Uriel S. Barreto

Cuando pienso en Marcelita, mi sobrina de apenas 5 años, que habla como tica y en este mismo instante respira el aire helado del altiplano donde se asienta San José, en su carita morena como de caramelo “gallito” dulce de leche que fuera compañero mío de infancia sin saber yo que era tico, ni importarme tampoco, sino solo seducido por su sabor. Cuando advierto en mis recuerdos más recientes la dulzura de esta niña y la belleza que surge de su inocencia infantil, tanto que casi me empalaga y entonces añoro su ingenuidad que la hace verse tan genuinamente graciosa; no deja de escocerme el alma y la mirada se me torna vidriosa, pues no sabe la niña donde le ha tocado crecer, ni que enemigos terminará encontrando entre sus compañeros de clase o sus amiguitos de vecindad, cuando en un instante les envenenen el alma los que hoy se levantan y denigran todo lo que huele a nicaragüanidad en aquel país. Y es que no es culpa de ella, ni de nadie, que mi hermano no supiera encontrarse a sí mismo, ni tomar con valor las oportunidades que tuvo y como cualquier hijo de vecina prefiriera emigrar, en el estrés de la necesidad de una fuga geográfica, buscando un futuro de oropel, tan incierto como la estabilidad que pretende alcanzar, estatus que a la sazón es casi una metáfora.

E, inmediatamente, sin poder contenerlo, mi pensamiento viaja hacia la vieja de piernas varicosas y testa blanca encanecida, hacia la mama de mi hermano, que es también mi nana. Vieja terca y obstinada que por amor a su hijo renunció a la paz de su retiro y se fue, andariega cual gitana, a guardarlo en sus enaguas al otro lado del río. Esa misma mujer que con ese acto denota una reciedumbre de espíritu como solo el alma campesina convoca y por cuya sangre sin duda corre el abolengo indígena amerindio que le insufla en el alma ese carácter estoico que le ha permitido sobrevivir, soportando la adversidad de habitar en un país extranjero. Y ahí mismo, inquieta mi mente, sigo evocando la figura de mi Tota, de la última vez que estuve con ella y entonces la veo viviendo en una palomera con paredes de zinc en un barrio donde los nicas se aglomeran para poder guarecerse del gélido e inclemente clima de aquella ciudad, tan gélido como inclemente son los perros que agreden a nuestros paisanos ante la vista indolente de estos modernos barbaros, rubios como vikingos y desalmados como aquellos, gentes frías como el viento josefino y de mísera actitud xenófoba que sin ningún reparo van discriminando la calidad humana, segregando el espíritu de lo fraterno y aporreando sin misericordia, con sus actos y expresiones, la ubre que nos amamanto como hijos de una misma madre.

Esta tierra donde habitamos que surgió de las aguas, sin confines artificiales, ni líneas imaginarias, ni fronteras cercadas de mojones o murallas, sin políticos glotones, ni soldadesca guareciéndose en trincheras, está en disputa. Y han surgido entonces las cuestiones fundamentales sin que las podamos responder. Pues no sabemos dónde han quedado los ideales unionistas. Donde aplican las políticas integracionistas. Quien recuerda el pensamiento de los mismos próceres de aquella independencia fallida. Donde están los gestos de quienes nos concibieron como una sola patria grande. Esta misma patria, los hombres con sus pequeñeces, la están haciendo mínima. Hoy pretenden demarcar esta misma tierra, trazando con mezquina imprecisión y enorme vocación arribista, fronteras que no existen negándose a honrar lo firmado, a aceptar lo juzgado. Son los descendientes de los mismos que nos birlaron Nicoya y Guanacaste en el pasado.  Cuestionan lo incuestionable e interrumpen la tranquilidad de nuestros días y noches, con maniobras y maromas que producen el cisma que nos divide y confronta. Desencadenan un circo mediático alborotador, sin darse cuenta que ya hemos sido advertidos por la historia de ese triste rol que tanto les gusta jugar, burdos provocadores son y sin razón.

Y es que en el fondo le apuestan a que se desate, como diría Sergio Ramírez Mercado ese “carácter levantisco, insurrecto e insubordinado” que a su decir tenemos los nicaragüenses. Y suben la parada, acusando de loco al legendario guerrillero y pescador que como su mismo nombre lo indica encontró su edén particular en la barra del colorado y también su propia fuente de la eterna juventud en el caudal del río. Mas pasión ni entrega habrá en otro hijo de estas tierras que en la de ese loco, que para todos los efectos es “nuestro loco”, tanto así como el río es “nuestro río”, para acometerse a la dura faena del dragado. Mas que acertado, era lo justo, lo idóneo, poner a un hombre como Edén Pastora al frente de esos tan necesarios procedimientos que nos devolverán en la ribera el soplar de la arboleda que impulsa el vuelo de las aves y al caudal el esplendor del fragor de esas aguas en torbellino de espumas blancas que irán aligerando con su fuerza el nado de los peces e impulsando el curso de las naves que lo surcaran de nuevo en todo tiempo llevando la esperanza, pulgada a pulgada, a cada tramo de ese portento natural que con renovado estruendo se tornara otra vez bravío, rápido y fluvial.

Ni que aticen el fuego en sus connacionales; ni que horaden el alma de sus hijos en busca de piedras que amontonar, para lanzarlas a los desvalidos nicas que les sirven en sus casas y levantan sus cosechas; ni que profieran alaridos ni llantos acusando de ser delincuentes a los nuestros que deambulan por las calles de sus espléndidas ciudades; ni que digan que son rebeldes los hijos de esta tierra que, habitando allá, se resisten al yugo esclavizante de crueles empleadores; ni que hagan lo que hagan o digan lo que digan, podrán aplacar el vigor de nuestros hermanos, ni restarle valor al desempeño con que defienden su presencia honrando con su trabajo su permanencia en aquel país; pues ellos han hecho valer su derecho a estar, siendo trabajadores, diligentes y capaces. Lo contrario sería un descalabro para las gentes de aquel país que han caído en el letargo, abandonando las más duras faenas y trasladándolas a los cientos de millares de laboriosos nicaragüenses, quienes cada vez más se tornan, ciertamente, insustituibles, imprescindibles e impostergables para el desarrollo de su economía.

Mientras eso sucede como una realidad que es innegable, muchos insensatos querrán escalar la violencia xenofóbica, azuzar los ánimos racistas, agredir incluso a los más inocentes y desvalidos y desatar un infierno mediático cuyo efecto psicológico es devastador y absolutamente terrorista para nuestros hermanos; sin embargo, estamos confiando en que podrán resistir porque la necesidad tiene cara de perro y no les queda más que sentirse orgullosos de que de este lado, ni tantito así, como la juntura de las yemas de mis dedos índice y pulgar en el gesto de mi mano, dejaremos de ser soberanos de esas aguas y dueños de la corriente que forma en su recorrido. Y ante esta adversidad, el compromiso es no dejar de dragar porque eso abona al progreso y renueva la esperanza. Mientras construyamos de este lado, aquellos que se han ido volverán sus miradas pensando en que, cada vez más, es posible el regreso.

Porque no vamos a detener este proceso de paz y desarrollo lanzándonos a una guerra provocada, ni abandonaremos la seguridad, como precepto fundamental, en nuestras fronteras. Y esto significa que no nos haremos de la vista gorda, ni seremos permisivos con el crimen organizado, ni con el narcotráfico. Y es que, si por un instante, creyeron que nos amedrentarían, es mejor que sepan de una buena vez y para siempre que no pararemos de realizar el dragado, como tampoco abandonaremos los espacios de diálogo hasta agotar el recurso de la diplomacia y el derecho internacional, mismo que debemos estar seguros nos permitirá superar el momento hasta quedar resuelto de una buena vez, este entuerto en que nos han metido.

Es tiempo que adviertan con claridad meridiana los malos vecinos, que a esos a quienes ellos rechazan, insultan y discriminan, son los mismos que nosotros estamos aquí añoramos con nostalgia, anhelando que regresen.  Ciertamente conservamos la ilusión de ver a los que se han ido, con la certeza de que el día  llegará en que la diáspora termine y la Marcelita, mi Tota, Marcelo y la Scarleth puedan retornar a trabajar y a vivir con dignidad en su propio país y junto a ellos volverán las Juanas, los Pedros, las Domingas y los Sebastianes y se reencontraran los Mayorga, los Pérez, los Chacón, los Martínez y los Sánchez y todos regresarán liberados de ese moderno Egipto en que se ha convertido el otro país. Marcharan silbando de contentos hacia esta tierra prometida, los nicaragüenses idos y levantaran sus propias cosechas y asearan sus propias casas y veremos entonces esos miles de rostros morenos sonreír bajo el sol, mientras sus hijos corren a la vereda de ese mismo río que nunca para, que siempre cambia y que permanece siendo nuestro hasta el final de los días.

Edén será un loco. Pero es "nuestro loco"

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