Raza insurrecta ӏ En el V Aniversario de que El Güegüence fue proclamado diriambino universal…

Mario Urtecho* END – 19:44 – 24/11/2010

El mestizaje lo estudiamos cuando chavalos en una escuela pública de Diriamba, a mediados del siglo pasado, enseñanza en la que se nos inculcaba e inoculaba que, gracias al mestizaje, a la desprendida generosidad de los españoles, que accedieron a mezclar la suya con nuestra ancestral sangre indígena, hablábamos castellano, sabíamos de cultura y, valoración muy importante, dejamos de ser indios, término cuya connotación -antes y aun ahora- implicaba atraso e incultura. Así fue que muchos nos acercamos a la historia de Nicaragua, y hubiéramos creído aquel cuento si no hubiera sido por el celo con que nuestros abuelos -en mi caso, la Anita Olivares, mama de mi mama- guardaban su historia, recordaban su historia, repetían su historia, para que no se les olvidara, para que la conociéramos, para que el tiempo y los profesores no tergiversaran aquella historia de indios que ella no aprendió en la escuela, porque los niños y las niñas indias y pobres de su época, iban al trabajo en vez de ir a la escuela, porque para ser parte de la servidumbre -antes y aun ahora- no era necesario ni leer ni escribir. ¿Para qué?

Y en su historia había un héroe, Diriangén, muchacho de ñeques, un guerrero, un mánqueme, el primero que en nuestra antigua Manquesa, a sus 27 años, armado con arcos, flechas, lanzas de pedernal y el indiscutible coraje suyo y el de sus guerreros, enfrentó a los invasores españoles, “gentes barbadas de malos instintos y montadas sobre alimañas”, según el decir de mi abuela. Y la razón del enfrentamiento era la parte dramática de aquella historia, pues era la rebelión de nuestra raza por la libertad, raza insurrecta por su dignidad, por la vida, y hasta por una muerte decente, como mandataban sus códices.

Ahora, El Güegüence del Dr. Alejandro Dávila Bolaños, me cuenta la misma historia que desde el 17 de abril de 1523, los indios se vienen contando de generación en generación. Dávila Bolaños afirma y confirma que los españoles fueron brutales en Nicaragua, y pese a la heroica resistencia de nuestros tatarabuelos, la presencia de los caballos y la superioridad de sus armas fueron elementos indiscutibles en sus avances de conquista. Para los indígenas, la guerra era necesidad, razón, fuerza, valor de hombría; para los invasores era asalto repentino; asesinato alevoso de los Capitanes; aparente ayuda a uno de los bandos enemistados; falsas promesas de paz, o hipócrita acercamiento para dialogar sobre religión, mientras la soldadesca memorizaba nuestras posiciones estratégicas y calculaban el número de nuestros guerreros.

Imaginémonos al español barbado y codicioso acosando al infortunado Nicaragua, para que develara la veta que proveía el metal amarillo que cubría la cara de sus dioses; capturando impunemente a indígenas de Diriá, Jalteva, Masaya, Managua, Mateare, buscando respuestas; atravesando el Xolotlán, y costeando su ribera occidental hasta llegar a Imabite, preguntando lo mismo a sus asustados cautivos. Matando, incendiando, violentando con sevicia a los indígenas que encontraba en su largo camino desde el Xolotlán hasta Quilalí, allá en Las Segovias, donde el oro es arrastrado apaciblemente por las cristalinas corrientes que, descendiendo de las verdes montañas, se precipitan hacia el gran río Wankí.

Se dice que dos de cada tres personas de los pueblos originarios murieron de fatiga, de hambre, de esclavitud, de sífilis, de viruela, de vergüenza, y que fueron más de 700 mil los muertos durante la época del terror y la barbarie. Los cronistas dejaron para la Historia terribles relatos de la depredación, pero también de continuos alzamientos en armas de los indígenas, insurrecciones en las que las mujeres lucharon de tú a tú con sus hombres, y se negaron a parir más hijos (de sus hombres o de la violencia), para no darles más esclavos a los invasores, expresión de orgullo y dignidad de género de las mujeres nicaragüenses, que debe ser registrada en la historia del mundo.

Por eso es lógico identificarse con la interpretación que de El Güegüence hace Dávila Bolaños, con ese drama épico indígena, dinámico, dialéctico, revolucionario, representado en las plazas de los pueblos de manera ininterrumpida durante todo el período colonial hasta la independencia, y en forma menos regular hasta la guerra nacional, en 1856, contribuyendo así a mantener encendida la rebelión de los indios y, a mi criterio, dándole continuidad a la lucha que, en 1523, iniciara el legendario cacique Diriangén, símbolo de nuestra nicaraguanidad.

El Güegüence fue publicado por primera vez en 1883, en Filadelfia, en idioma inglés, por Daniel Brinton, quien lo llamó comedy-ballet. En Nicaragua fue conocido 59 años después, en los Cuadernos del Taller San Lucas (Granada, octubre de 1942), y subtitulada “comedia bailete”. Durante 32 años fue la versión conocida en el país, hasta 1974, cuando se conoció la traducción directa que del náhuatl hizo Dávila Bolaños, titulada Teatro popular colonial revolucionario: El Güegüense o Macho Ratón, obra en la que El Güegüense no es el personaje lleno de dobleces y falsedades que nos han vendido como el prototipo de la idiosincrasia del nicaragüense, sino el hombre digno que enfrenta los abusos del coloniaje.

¿Comedia bailete? El bailete es pantomima, imitación, danza, remedo. La comedia es farsa, fingir lo que no se siente, imitar. ¿Fue farsa la conquista y su secuela de latrocinios? El Güegüence, más que comedia bailete es un drama épico, como acertadamente lo calificó Dávila Bolaños; drama épico que implica gente sublevada, insurgente, amotinada, levantada, alzada, arisca, insurrecta, como en la segunda insurrección del 12 de abril de 1979 en nuestro Estelí heroico, donde el Dr. Dávila Bolaños, junto al Dr. Eduardo Selva y la enfermera Cleotilde Moreno, vivieron su propio drama épico, cuando la guardia de la dictadura somocista los sacó del quirófano del hospital San Juan de Dios, donde operaban a un muchacho guerrillero de apellido Valenzuela, y los asesinó e incineró, en una terrible reedición de las masacres que en nuestras tierras siempre han cometido sus opresores, y eso no es comedia, menos bailete.

El Güegüence es la conciencia y dignidad del pueblo nicaragüense, es nuestra reserva moral. Por eso no es casual el descrédito y la mofa que de él ha hecho siempre la burguesía criolla.

Estos no son tiempos de querellas ni de herencias de sacristías. El Güegüence es el pueblo… por lo tanto es del pueblo.

Es tiempo que el pueblo lo rescate, lo conozca, lo interprete, lo divulgue, y lo perpetúe, para que no desaparezca, o nos arrebaten, nuestra identidad.

*Presentación de El Güegüense o Macho Ratón, del Dr. Alejandro Dávila Bolaños. Masaya, 19 de junio de 2010.

Anuncios
Explore posts in the same categories: Artículos de Opinión, Debate sobre EL Gueguense, El Güegüense, Instituto Pedagógico de Diriamba

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

You can comment below, or link to this permanent URL from your own site.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: